El día que llegué a Irlanda no solo ponía los pies en un país completamente nuevo, sino que los despegaba del mío, de mis calles, mi universidad, mis sitios favoritos, mi familia, mis amigos, pero también de mis errores y de todas esas cosas que, mejores o peores, eran mías. El lienzo estaba en blanco.
Lily me recogió de la parada de autobús en la calle principal de Ballinasloe aquel quince de septiembre de 2015. Hice un gran esfuerzo por no subirme a su Skoda gris por la puerta derecha - algo que en el futuro pasaría constantemente. El tour por el pueblo duró poco, 7000 habitantes no dan para mucho, incluso cuando los edificios más altos son de tres plantas, aunque en ese momento estaba más preocupada por la sensación de que el coche circulara por la izquierda, que por el tamaño del pueblo en el que iba a pasar los próximos 11 meses de mi vida. De hecho, hacía bien, porque ese no era exactamente el lugar en el que comenzaría mi historia, sino en un area llamada Liscappul.
El coche salió del centro por una calle interminable con un hospital y varias carnicerías, tiendas de revistas, un súper y un par de gasolineras. Llegamos a una rotonda y tomamos la segunda salida, la de la derecha - que habría sido la primera salida de no ser porque, ¡sorpresa!, las malditas rotondas también se toman al revés. Y a medida que nos alejábamos del centro, lo verde que habia entre las casas se hacía más y más extenso. Las ovejas, vacas y caballos pacían tranquilamente, ni siquiera levantaron la cabeza al pasar el Skoda. Y cuando pensaba que la carretera no podría ser más larga, giramos a la izquierda pasando por debajo de una autovía. Tras ello, nos introducimos en un camino sin apenas arcén, al que poco después le salieron miles de piedrecitas y unos bonitos brotes de yerba en el centro. Al fin, Lily giró el volante y el coche se detuvo en una parcela con una casa de color blanco, que lo único que tenía alrededor era prado, una huerta y una caseta para la leña.
Mi habitación estaba arriba, tenía forma de buhardilla y un par de ventanas, una de ellas en la parte del techo, pensé que probablemente habría parado litros y litros de agua desde que se construyó, y la otra habría sido el marco de cientos de atardeceres. En seguida saqué el equipaje de la maleta para colocar las pocas fotos que traía, algo que me hace sentir en casa. Pero Lily interrumpió, la cena estaba lista: pollo tikka masala con verduras. Se disculpó por no haber preparado algo irlandés, me pareció divertido.
Lily era una de las personas más curiosas que he conocido jamás. Divorciada, con dos hijos y una gata, durante los últimos años se había dedicado a sacarse el grado de Artes y a la vez, dar clases a gente de todas las edades en su estudio, también de arte, por supuesto. Su casa era un reflejo de su personalidad: llena de cuadros y de objetos creados o reciclados por ella, casi nunca ordenada, pero siempre natural y acogedora, transmitiendo esa sensación de estar viva, en constante movimiento, en constante creación, con un toque más francés que irlandés, que te decía: `Soy de aquí, pero también he vivido allí´. Nunca me había dado cuenta de que una vivienda pudiera decir tanto de una persona o de una familia. Quizás es que una casita construida expresamente para alguien no tiene comparación con los apartamentos encajonados en los que la gente suele vivir en España, o quizás es que siempre he tenido demasiado ruido en la cabeza como para reflexionar sobre algo así.
En la casa también estaban Lonàn y Wolly. Lonàn es el hijo menor (la mayor, Ceallaigh, - léase Kelly - estudiaba en Limerick), en su último año de instituto. Woolly era la gata bipolar, un minuto se sentaba en mi regazo de forma amistosa y al siguiente me atacaba literalmente con uñas y dientes. Don también frecuentaba la casa, era el novio de Lily, un hombre capaz de hablar de cualquier cosa en el mundo al nivel que hiciera falta, sin hacerte sentir que sabías menos. Él y Lily eran como un par de adolescentes, sin el drama que ello conlleva. Adorables.
Al día siguiente Helen entró en mi vida. Entonces no lo supe, pero en aquellos momentos ella también estaba algo asustada, era su primera vez como mentora de EVS, la persona que se encargaría de que todo fuera lo más cómodo posible durante mi estancia. Sin embargo, lo que yo vi no fue miedo, una de las cosas que me dijo en ese momento fue: "No te preocupes si algo sale mal, porque nada es permanente, todo se puede cambiar." Y puedo deciros que de verdad ha sido así.
Me subí en su coche y fuimos al Youth Information Centre, donde conocí a mis compañeros de trabajo, que aunque llevaban diferentes proyectos, estarían rondando por ahí. También conocí a algunos jóvenes, unas chicas de un grupo de democracia juvenil. No entendí casi nada de lo que me decían, hablaban rápido, liaban unas palabras con otras como si fuera Francés y no vocalizaban. Al cabo de media hora ya estaba agotada de intentar separar palabras en mi cabeza e intenté tranquilizarme conluyendo que necesitaría algo de tiempo para hacerme con ese acento demoniaco (que a día de hoy aún me cuesta).
Y, señoras, señores, esa sería mi realidad a partir de entonces, completamente distinta a la de apenas dos días atrás, (algo iluso por mi parte el pensar que aquello sería todo). Como decía, mi lienzo estaba en blanco. No nos damos cuenta, pero a veces, nuestro entorno cotidiano nos atrapa, pasamos años y años con la misma gente, en las mismas calles, las mismas costumbres y rutinas. Esto es bueno, las personas necesitamos un lugar donde sentirnos identificados y cómodos. Sin embargo, a algunos esa comodidad nos adormece como cloroformo, nos estanca en lo que creemos que se espera de nosotros porque lo hemos visto y oído tantas veces, que... Tiene que ser verdad. Así que cuando salimos, todo eso ya no importa tanto, sigue estando ahí, pero de repente pierde fuerza y lo que más importa es cómo reaccionanos nosotros ante lo que vamos viviendo.
Es el perderse para encontrarse. Probablemente el pensamiento más manido del mundo, pero para mí es totalmente cierto, además de una de mis sensaciones favoritas en la vida.
Me subí en su coche y fuimos al Youth Information Centre, donde conocí a mis compañeros de trabajo, que aunque llevaban diferentes proyectos, estarían rondando por ahí. También conocí a algunos jóvenes, unas chicas de un grupo de democracia juvenil. No entendí casi nada de lo que me decían, hablaban rápido, liaban unas palabras con otras como si fuera Francés y no vocalizaban. Al cabo de media hora ya estaba agotada de intentar separar palabras en mi cabeza e intenté tranquilizarme conluyendo que necesitaría algo de tiempo para hacerme con ese acento demoniaco (que a día de hoy aún me cuesta).
Es el perderse para encontrarse. Probablemente el pensamiento más manido del mundo, pero para mí es totalmente cierto, además de una de mis sensaciones favoritas en la vida.




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