Era noviembre y Anna, natural de Joensuu (Finlandia), estaba tiritando. Es dificil escapar del frío cuando tu chubasquero está cubierto por una capa de agua constantemente, pero es algo a lo que te tienes que acostumbrar en Irlanda. Si Anna tenía frío, Levan, el voluntario de Tbilisi que iba con nosotras estaba al borde del colapso. También nos acompañaba un chico francés, que se quejaba menos.
Viajábamos en minibús, uno lleno de banderitas internacionales, animales de peluche y leprechauns, con un conductor que parecía salido de un guión de los Monty Python, de cara rosa, ojos claros y bromas simples que acababan, sin excepción, en carcajadas sonoras y profundas. Era la segunda vez que lo veíamos, pero esta no nos la quiso cobrar, a pesar de que nos había llamado aposta para ver qué tal nos iba y si necesitábamos algo. Sí que le necesitábamos.
El fin de semana había sido increíble. Lo mejor de todo era lo improvisado y, quizás por eso, satisfactorio de nuestro viaje. Fue justo el viernes, a mitad de la tarde, cuando decidimos visitar Inishmore, la más grande de las Islas Aran, en la bahía de Galway. No teníamos ni idea de lo que íbamos a encontrar allí, pero era parte del encanto de la última hora.
Lo que más había en Inishmore era turistas, la isla está orientada a ellos en un tanto por ciento importante, repleta de Bed & Breakfast, detalles que visitar y varios negocios de bicicletas y minibuses. Pese a ello, conserva el encanto de lo rural, de varias casitas rodeadas de prados enormes, de parcelas de vacas alternadas con ovejas, burros, etc., de llenarte los pies de barro por caminos que parecen principales y de andar a ciegas por la noche porque no hay luna, ni farolas.
Lamenté no entender del todo a nuestro conductor-guía, aunque en parte fue mi culpa porque me embobaba con el paisaje. Por lo visto, la isla tiene alrededor de 800 habitantes, con varias aldeas, pero solo un pueblo, con un colegio y un instituto, también numerosas ruinas celtas y restos de iglesias cristianas y pre-cristianas, por no hablar del increíble paisaje que incluye acantilados en los que algunos locos por la escalada disfrutan durante las mejores temporadas.
Otra parte importante es la ganadería, - algo nada raro en Irlanda -. Nosotros tuvimos la suerte de conocer a un buffer (o voluntario) francés que trabajaba en una fábrica de queso de cabra. Lo encontramos en el pub en el que cenamos aquella noche, intentando pillar wifi para hacer un skype, y tras una larga charla de lo bueno y lo malo de ser voluntarios, nos invitó a visitar el sitio en el que trabajaba. Así que allí nos presentamos al día siguiente, con la ayuda de nuestro guía turístico y conductor favorito.
Las cabras son los animales más simpáticos del universo. Nos explicó lo que hacía todos los días en la fábrica, cómo las alimentaba, cómo las ordeñaba con unos tubos succionadores (una tarea nada simpática para ellas), y después cómo pasteurizaba la leche y la preparaba para hacer bolas de queso. También nos dio muestras de feta y otro queso más curado al que añadían algas, supongo que para ayudar con la misma curación.
Ese mismo día por la tarde tomamos el ferry de vuelta a casa, muy satisfechos de nuestro pequeño viaje. Salimos a la popa, el tiempo era espantoso, lo que hacía que el barco se tambaleara exageradamente como una atracción de feria. Aún así, había un grupo de jóvenes turnándose con la guitarra, que hacían la estampa mucho más surrealista. Yo, que me contagio en seguida de las atmósferas de todos los lugares habidos y por haber, les contaba a mis compañeros lo feliz que sería trabajando un par de meses en una fábrica de queso de cabra, ellos me miraban y se reían, sin creer una palabra de lo que decía. Entonces, una de las chicas del grupo de los músicos cogió la guitarra y tocó una versión de Superstition que me dejó callada para el resto del viaje.
Allí, con la cover de Stevie y el océano de fondo, reflexioné sobre lo raro que era que, aún viviendo en medio del campo en Liscappul durante los dos meses anteriores, no hubiese sentido esa calma y esa tranquilidad que tenía tras visitar Inishmore. La sensación era la misma que la que vivo en Murcia cuando decido visitar la casa que mi familia tiene en el campo de Cartagena, cuando salgo a pasear seguida por mi perro, cuando me paro en mitad de un camino de tierra y no oigo nada, o cuando se me hace de noche y no veo nada. Supongo que vivir en el campo y visitar el campo eran cosas muy distintas. "Porque ¿a quién quiero engañar - pensé - yo soy una chica de ciudad". Y tras revisar las fotos de las cabras y darme cuenta de que se me ponía cara de tonta añadí : "¿Lo soy?"















I love the pics!!
ReplyDeleteYeeeah! I was really surprise because I took them with my phone, maybe I should come back to the simpler electronical devices xD Thanks to read!
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