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31.7.16

La bici



Siempre que encaraba mi bici a la última cuesta hacia Liscappul, mi cabeza reproducía Rebellion, de Arcade Fire. Tomaba aire, miraba al horizonte y aprovechaba toda la energía cinética de la cuesta abajo anterior para llegar lo más lejos posible pedaleando en blando. La escena era épica: el atardecer al fondo, la lluvia sobre mi cara, la mochila a mi espalda, mis piernas moviéndose rítmicamente (rezando porque esa vez hubiera puesto las marchas correctas), y mis ojos fijos en el punto al que quería llegar ese día, la superación hecha persona. Hasta que el viento cambiaba de dirección y todos mis esfuerzos quedaban anulados, tanto, que una señora de 80 años con bastón iría más rápido caminando a mi lado. Imagino a las ovejas de los alrededores paciendo entre risas cada vez que me bajaba de la bicicleta entre sollozos y sudores, en el momento en el que Rebellion había sido acallada por los fuertes latidos que me resonaban en la sien.


Recuerdo la primera vez que hice la vuelta de reconocimiento desde casa de Lily hasta el centro de Ballinasloe. Ese bonito paseo con la ilusión de una persona recién llegada a un sitio nuevo, ese paseo en el que se anda lento, parándose para hacer fotos, leyendo los carteles vintage, tomando nota de cada restaurante, tienda, café o pub, entrando a la iglesia, sentándose en los bancos del parque de al lado... Tras un par de horas decidiendo que me gustaba el pueblo, pensé que era el momento de volver, que estaba cansada. Desde el centro hasta Liscappul, el area donde se encontraba mi nuevo hogar, había 45 minutos a pie, no parecía que fuera a llover, pero hacía algo de frío. Llamé a Lily, no podía recogerme en ese momento. De repente 45 minutos eran demasiado. Entonces comprendí que ya no estaba en Murcia. 



Murcia, esa ciudad con el tamaño perfecto para ir andando a todos lados, al súper, al parque, al cine, al bar, a la biblioteca... Repleta de gente en las terrazas, gente en los parques, gente en las tiendas, gente que camufla hasta el último metro que vas a caminar hacia donde sea que vivas, y aceras, aceras de todo tipo en las que estás a salvo de los coches, al menos mentalmente. En Irlanda no es así, aquí las aceras se transforman en arcenes al llegar al final del pueblo, y al rato, esos arcenes desaparecen y tienes que caminar por las carreteras o caminos. Irlanda tiene ese contraste caprichoso entre extremadamente rural y a la vez pensado y construido para vehículos de cuatro ruedas.


Así que sí, la bicicleta fue un ítem bien recibido hasta que llegó el invierno. Y ese fue otro de mis retos del año. Era como si cada vez que me acomodara un poco, pudiera escuchar a la señora Irlanda diciéndome entre carcajadas: "Pero ¿de verdad te vas a dormir ahora?".

El invierno de Irlanda era de mirar por la ventana del trabajo a las 4 y media de la tarde y que estuviera oscuro como la boca del lobo, de lluvia sí o sí, lluvia con viento, viento con frío, frío con humedad, de ese que tanto nos gusta hablar a los murcianos, del que "se te mete en los huesos", pero con 0 grados, no con malditos 10 de los que hay allí a veces. Y sin farolas, muy divertido. Ese invierno estuve en casa de Lily, sabiendo que si quería salir sería calándome y vagando en la oscuridad hasta un autobús que nunca llegaba, para poder encontrar a un par de personas que no conocía mucho tomar algo y hacer el recorrido inversamente hasta casa.


Fue la primera vez que experimenté lo que aquí llaman 'homesick', que es algo así como la morriña gallega o la nostalgia, y que traté de ocultar por esa creencia de que llorar es de débiles. De hecho, si no hubiera llegado a explotar un día con un amigo de aquí, probablemente lo habría dejado todo. Curioso ¿no?, el poder que ejerce una persona que cree en nosotros. A partir de entonces comenté mi problema a más gente, a los que me podían ayudar y la nostalgia se transformó en un tranquilo 'echar de menos', que hasta las vacaciones de navidad fue muy llevadero.

Otro reto fue el trabajar en Youth Work, pero de eso os hablaré más adelante.


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