Podría comenzar este texto con una amable imagen del río Liffey a la altura del Ha'penny Bridge, o quizás parafraseando alguna canción que escuché por las calles del Temple Bar. Pero lo cierto es que ese fin de semana empezó con ganas de matar, aquella noche conocí por primera vez la existencia de la Social Welfare.
Me encontraba en la casa de unos voluntarios europeos en Dublín. Algo que me encanta de programas como el EVS es ese tipo de situaciones en las que varias nacionalidades de distintas edades se sientan juntas a comer, beber o lo que mejor acompañe al hecho de hablar. En esa ocasión estábamos tres italianos, una finlandesa y dos españolas. Hablábamos de por qué habíamos venido a Irlanda y de qué hacíamos antes. El idioma era el inglés, por supuesto, y de repente, como cuando notas que hay algo entre tu calcetín y tu zapato a mitad de un largo camino a pie, surgió un término que no había escuchado antes: 'Social Welfare'.
- Lo que viene siendo el Paro ¿no? - hice un pequeño inciso para preguntarle a la otra española, que parecía saber más del tema.
Su respuesta fue el final de la bonita infancia en la que había vivido mis 27 años anteriores, así como el principio de una gran enemistad hacia el Estado español.