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10.6.16

Fuck the sun!

Podría comenzar este texto con una amable imagen del río Liffey a la altura del Ha'penny Bridge, o quizás parafraseando alguna canción que escuché por las calles del Temple Bar. Pero lo cierto es que ese fin de semana empezó con ganas de matar, aquella noche conocí por primera vez la existencia de la Social Welfare.

Me encontraba en la casa de unos voluntarios europeos en Dublín. Algo que me encanta de programas como el EVS es ese tipo de situaciones en las que varias nacionalidades de distintas edades se sientan juntas a comer, beber o lo que mejor acompañe al hecho de hablar. En esa ocasión estábamos tres italianos, una finlandesa y dos españolas. Hablábamos de por qué habíamos venido a Irlanda y de qué hacíamos antes. El idioma era el inglés, por supuesto, y de repente, como cuando notas que hay algo entre tu calcetín y tu zapato a mitad de un largo camino a pie, surgió un término que no había escuchado antes: 'Social Welfare'.

- Lo que viene siendo el Paro ¿no? - hice un pequeño inciso para preguntarle a la otra española, que parecía saber más del tema.

Su respuesta fue el final de la bonita infancia en la que había vivido mis 27 años anteriores, así como el principio de una gran enemistad hacia el Estado español.

- NO - dijo con esa cara en la que se arquean las cejas y se cierran los ojos - No, exactamente.

La Social Welfare, o en español Estado del Bienestar, es una ayuda para aquellas personas que, por las razones que sean, no pueden mantenerse por sí mismas. Por un lado se fomentan los programas de empleo e integración y por otro se entregan compensaciones económicas. Las condiciones y cantidades varían de un país a otro, pero la idea principal es la misma: eres un ser humano y con tu situación no puedes acceder a tus corresondientes derechos como ciudadano. La española me habló de que las personas de su centro - trabajaba con alcoholicos y drogodependientes - recibían cada mes alrededor de 800 euros al estar en paro y peligro de exclusión social. Ochocientos.

Suspiré, me levanté, me volví a sentar. La finlandesa, perdida, preguntó si nosotros no la teníamos. La española y yo nos miramos, los italianos se rieron. Ahora entendía por qué cuando conocí a esta nórdica de 21 años, le había echado casi 10 más de los que en realidad tenía y no porque su físico no se correspondiera, sino porque su madurez no era la propia. Anna llevaba viviendo fuera del ala de sus padres desde los 15 años, no había pisado la universidad, aunque sí había realizado algún curso de Trabajo Social e intercambios internacionales, además de formar parte en organizaciones de eventos artísiticos. Anna recibía 800 euros del Estado finlandés desde que se independizó, además de tener el coste del alojamiento cubierto aparte. 

- En España - le explicamos - solo recibes dinero si has trabajado, normalmente la cantidad no es suficiente para tus gastos, y si después de un tiempo no encuentras un nuevo empleo, esa cifra se va reduciendo hasta cero. Por supuesto, si eres estudiante olvídate, algunos reciben becas para pagar la universidad, pero en los últimos años las han recortado bastante.

- En Finlandia la universidad es gratis - añadió Anna - pero los exámenes de acceso son terriblemente difíciles. - Vaya, pensé, el que vayas a la universidad depende de tu esfuerzo y no del dinero que tengas, ¡qué injusticia!

Así que el Estado del Bienestar existía de verdad. Algo que pensaba que solo se leía en los libros de Política o Economía, en la teoría, algo para lo que de verdad siempre creí que no había dinero. La utopía de la igualdad de oportunidades, de los derechos a sueldo y vivienda dignos (por suerte ya no entramos en el tema desahucios)... Todo eso era cierto y se aplicaba en algunos países.

Entonces se me vinieron a la cabeza varias conversaciones con otros españoles que, como yo, habían decidido salir fuera. Aseguraban que, vale, la situación en nuestro país no era óptima en esos momentos, pero que sabían que en un futuro no muy lejano volverían porque la calidad de vida era inigualable. 

Y sí, puede que no tengamos un Estado del Bienestar tan potente, que no estemos los primeros en educación, que nuestras casas, tras años y años de hipoteca, puedan ser carroña para el banco dejándonos una temporadita en la calle, puede que nuestros políticos no dimitan tras varios errores o incluso al demostrarse pequeños robos de dinero público... Pero ¡eh! ¡En España se come mejor que en ningún sitio, nuestras fiestas son la polla, y el tiempo es paradisiaco! ¿Cuántos días de sol tiene Irlanda, cuántos Finlandia, eh, EH? Pues eso. Que viva España.




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