Hace un año, el hacer turismo sola era para mi uno de esos sueños nocturnos de los que nunca se suele hablar porque quedan olvidados nada más abrir los ojos. Algo latente que, si sale a la luz, es solo para otros: gente valiente, con iniciativa, con recursos y con una curiosidad exacerbada. Y yo no soy así, me decía. Entonces - os preguntaréis - ¿por qué narices te fuiste 11 meses a Irlanda?. Lo primero de todo, no es lo mismo una larga estancia en otra ciudad, que una salida de varios días. Y una vez aclarado esto, la Inés del pasado os respondería que estaba huyendo de un año en blanco, e intentando buscar una segunda Erasmus y algo de experiencia laboral. Esa Inés, era una chica con miedo a ser tachada de antisocial, como todos aquellos que hacen cosas solos cuando pueden hacerlas acompañados.
Tardé mucho, una vez en Irlanda, en asumir que mi sola compañía era suficiente, y mucho más en atreverme a coger un autobús y meterme en una habitación aleatoria en algún lugar del país sin los pocos amigos que ya tenía. Tras un día entero viendo posibilidades planeé un viaje a Belfast. Ya había estado anteriormente, pero me quedaron cosas por hacer, así que esta ciudad suponía un destino no del todo desconocido y bastante interesante. Suficiente para mi primer viaje en solitario. Me lo propuse como el último reto de mi EVS: yo misma en un plan de turista bohemia, solitaria, zen ante los imprevistos, siendo observada y admirada (quizás compadecida) por los pocos turistas que se atrevieran a hablarme, escribiendo mis andanzas en una libretita en una mesa para uno en alguna cafetería... Vale, ya paro.
Una característica de hacer turismo en solitario es que, al no contar con nadie más, las fechas son sencillas de escoger, solo tienen que cuadrar en un calendario, el tuyo. Al igual que el destino elegido: te tiene que traer sin cuidado lo que te digan los demás, si al final quieres ir a Cartagena en vez de a Roma porque consideras que el café asiático es mejor que el expresso, es cosa tuya. Ni qué decir acerca de reservar los medios de transporte o los lugares en los que vas a dormir, algo que, si bien me da muchísima pereza, siempre es más complicado entre varios.
Una característica de hacer turismo en solitario es que, al no contar con nadie más, las fechas son sencillas de escoger, solo tienen que cuadrar en un calendario, el tuyo. Al igual que el destino elegido: te tiene que traer sin cuidado lo que te digan los demás, si al final quieres ir a Cartagena en vez de a Roma porque consideras que el café asiático es mejor que el expresso, es cosa tuya. Ni qué decir acerca de reservar los medios de transporte o los lugares en los que vas a dormir, algo que, si bien me da muchísima pereza, siempre es más complicado entre varios.
Lo cierto es que nada más entrar en mi albergue, supe que no me había equivocado. En la zona universitaria, a 20 minutos del centro, se trataba de una casita de tres pisos habilitada para alojar gente, con solo dos aseos y dos duchas para todos los huéspedes. Nada de lujos. Digo que no me equivoqué porque, pese a las evidentes faltas de confort, un albergue tan pequeño me dio una sensación de cercanía casi familiar, muy lejos de la ingente soledad que transmiten esos pasillos eternos de algunos hoteles. Además, la chica de recepción era de Beniel, había sido periodista y estaba haciendo algo diferente como turismo veraniego gracias a una web de voluntariados a nivel internacional. También conocí a Arnie, el dueño del albergue, y a la chica italiana que tomaría el relevo de la murciana en la recepción, cuando se acabara la estancia de ésta.
Tenía muy claro lo que quería ver durante aquellos cuatro días, no tanto el orden. Pero otra parte positiva de no depender de nadie es que el orden de las hechos no tiene la menor importancia. Admito que planificar siempre es algo que me ha agobiado un poco debido a que, para mi, las posibilidades son casi infinitas, y como no tenía a nadie que decidiera por mí el orden de las cosas, lo dejé en manos de la improvisación.
Así que esa tarde, adoré durante unas horas el jardín botánico; se puso a llover por lo que me refugié en un edificio universitario con propósito de tomar un té, pero me topé con una librería y cambié la bebida caliente por ojear ediciones bonitas de Penguin Books hasta la hora de cenar; después exploré el centro y cuando me harté de andar me senté en un pub a tomarme una cerveza pale ale.
Había reservado un tour para el tercer día, y quería hacer algo parecido con el cuarto, pero no tenía nada para la segunda jornada. Me dirigí al centro otra vez, no sabía qué me quedaba por ver allí, pero al cabo de un rato preguntando por posibilidades en la oficina de turismo decidí subir al castillo. En el autobús encontré a una pareja de italianos que también iban hacia allí, pensé (en mi modo "viajo sola") que sería cuestión de llegar juntos al sitio y ya se irían por su cuenta, pero no sé si fue por la condición de inmigrantes mediterráneos en un país anglosajón, o una sencilla simpatía mutua, que no nos separamos en todo el día hasta su hora de volverse a Dublín, donde trabajaban temporalmente. Juntos recorrimos el castillo y sus increíbles alrededores en forma de senda montañosa con unas vistas no aptas para gente con miedo a las alturas, y también compartimos impresiones sobre las costumbres gastronómico-culturales de los irlandeses.
Al día siguiente, por fin saldé una de mis cuentas pendientes con Irlanda del norte: Giant's Causeway. El tour incluía Carrick-a-rede, un puente a no poca altura y repleto de turistas, aunque la playa del gigante no carecía de este especimen humano productor de selfies en masa e incontables pounds tintineando en los bolsillos de sus chubasqueros. En la pausa para comer, conocí a una gallega de unos 23 años que también estaba viajando sola, estudiaba medicina, pero su sueño era recorrer el mundo desde que su madre, recién acabado el instituto, la mandó a Londres durante un año a que se buscara la vida. Coincidimos en que nuestro gasto número uno, una vez que nos independizáramos, sería ese: viajar.
Por la noche coincidí en el albergue con una alemana que había hecho el mismo tour, pero con otra compañía. Mi modo de turista solitaria estaba más que abandonado, así que le propuse ir a un pub que había visto por el barrio y aceptó. Me contó que había venido a Belfast a una boda de unos compañeros suyos de Erasmus; le dije entonces que hice lo mismo pero yendo a México el verano pasado; ella me comentó que pasó cerca de la frontera de dicho país cuando estuvo un año estudiando en Estados Unidos y de repente la conversación volvía a tratarse de recorrer kilómetros y explorar otros países.
Al día siguiente, quedamos para alquilar juntas un black taxi que recorren la parte de la ciudad del conflicto católico-protestante sucedido hace apenas un par de décadas. Al trayecto se sumaron un chico francés y un hombre neozelandés. Este último se bajó conmigo en el centro de Belfast cuando acabamos el tour. Todo el mundo dice que el acento neozelandés es adorable, yo no entendía nada de lo que me decía a la primera, él se reía y repetía sin parar cada frase mientras buscábamos rincones bonitos de la ciudad. También era un viajero incansable de los que ahorran para irse largas temporadas fuera de su país. Hablamos de cultura, de política, de idiomas, de decenas de cosas y acabamos metiéndonos a un bar de tapas y vino. Detesto comer en bares españoles en mis estancias en el extranjero, por largas que sean, rara vez saben bien y el concepto de "tapas" nunca ha sido comprendido por el resto del mundo, pero a pesar del precio, admito que tenían platos ricos.
Cuando Chris, el neozelandés, se despidió en la puerta de la estación de autobuses nos dimos un abrazo y nos deseamos suerte en nuestros futuros próximos, tal y como había hecho con María, con Georgia y Antonio, con Marina y con Pola.Ya tenía nuevas anécdotas que contar y nuevos lugares que visitar.
Pese a no haber estado literalmente sola en la mayor parte del viaje -lo cual era mi objetivo -, tenía una sensación de satisfacción inmensa. Y mientras Belfast se alejaba por la ventanilla, me puse a analizar todo lo ocurrido, como siempre que algo a lo que temía me sale bien. ¿Significaba viajar solo, el viajar en solitario? Obviamente somos seres sociales y que además necesitamos etiquetarlo todo lo más concretamente posible para entendernos; y, por supuesto, viajar solo podría significar no establecer relaciones con nadie si no se quiere o si las circunstancias no se dan, pero lo cierto es que conocer gente de esa manera es de las cosas más divertidas que me han pasado en años. Y desde luego, si como creí hacía unos meses, eso era ser antisocial, me cuelgo la etiqueta como quien se cuelga un símbolo representativo de su religión, con absoluta honestidad y hasta orgullo.
Puede que un viaje sin tus amigos tenga lagunas como la duda de con quién compartirás los momentos espontáneos de felicidad que pierden el significado una vez te alejas del sitio; o en sentido práctico, a quién acudirás cuando te surja un problema y no sepas expresarte tan bien como tu hermano; o cuando te pierdas y descubras que tu habilidad con los mapas no es tan buena como la de tu amiga. Pero por otro lado, el viajar solo es una de las experiencias más cercanas que se pueden tener a libertad absoluta, algo que, si has llegado al punto de querer hacerlo, significa que, por muy vasto o relativo que sea dicho concepto, es algo que estás dispuesto a manejar con todo lo que ello conlleva.
















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