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22.5.16

Punto de apoyo


Aquella mañana lloraba mucho, perdón, llovía. El resto del día me dio un respiro que duró hasta bien tarde. Fue entonces cuando comenzó a llover muy fuerte, aunque ya no me importó. Pensaba que era inestable, pero Irlanda me ha enseñado que siempre hay alguien que nos supera en todo.

Entre lluvia y lluvia, el día estuvo bien, al menos todo lo bien que puede estar un día de despedida. Suvi, la joven finlandesa que ha trabajado conmigo los últimos dos meses en Ballinasloe, se volvía a su país la semana siguiente. Es por eso que decidimos hacer una excursión rápida a Athlone, el pueblo de al lado.




Me daba mucha pena que Suvi se marchara y también que hubiera venido tan tarde. Si hubiera aparecido antes se habría convertido en “mi persona de referencia”, algo que la organización que me envió aquí me aconsejó que buscara por aquello de tener un apoyo humano en las cosas más personales. Estuve tan obsesionada con esa idea durante los primeros meses que decidí hacerme Tinder, pues al contrario que los otros voluntarios europeos no vivía con más gente como yo, ni joven, ni cerca de civilización, ni nada. Encontré a un chico con el que estuve varios meses. El chico trabajaba en Athlone.

Como podréis imaginar ya había estado allí decenas de veces, pero nunca como aquel día. Lo primero que vimos fue el castillo. Por dentro es un museo sobre la historia de Athlone, bastante currado, pero lo que más me gustó fue pasear por las murallas, ir subiendo y ver el río desde arriba. Tampoco era especialmente alto, pero me gusta tocar piedras tan antiguas.

Después de una pausa para hacer felices a nuestros estómagos, fuimos a la galería de arte que hay al lado del castillo. Suvi iba con poca motivación porque sospechaba que iba a ser arte moderno y que no iba a entender nada, yo también lo creía, pero me encontraba en modo turista y nos conduje allí sin piedad ninguna. Había varias exposiciones, las de arriba eran sobre el centenario de la revolución irlandesa, aquella en la que este país comenzó a ser un país propiamente dicho, lejos del yugo de los ingleses. Aunque no hubiera querido, me habría enterado del 1916-2016, pues es algo que esta gente lleva demasiado dentro, un siglo no es nada, para lo bueno y para lo malo.

Los cuadros, por cierto, eran una pasada. A Suvi y a mí nos habría encantado tener largos bigotes para enredarlos entre nuestros dedos mientras soltábamos frases del tipo: “Uhm… Eso que para usted son pequeñas manchas, son en realidad caras de soldados que caminan hacia la paz y la victoria del pueblo irlandés” y cosas así. Pero nos conformamos con observarlos con la boca medio abierta. Igual que el Guernica, pero con un estilo completamente diferente, reflejaban una atmósfera caótica, llena de la violencia de lo roto y del desorden, con pocos colores, pero mil líneas. En fin, no sabemos de arte, pero aquel rato en el que estuvimos delante de los cuadros, sentimos algo bastante especial.

Pese a todo, somos gente sencilla y ante tanta catarsis no pudimos sino huir a un centro comercial - qué le voy a hacer si nací en el capitalismo -, aunque acabamos cansadas pronto de las sensaciones que los centros comerciales ofrecen. Así que tras ello, nos escapamos a un pub para tomar un café irlandés, porque eran las 5 de la tarde y la pinta de Guinness aun no entraba.

Sean’s es “the oldest pub in Ireland”, como también lo es un pub de Aughrim o The Brazen Head en Dublín. Me resulta curioso lo que se promociona lo antiguo y lo que se infravalora en otros ámbitos de la vida, los humanos somos muy contradictorios. El caso es que Sean’s, pionero o no en lo antiguo, estaba lleno. Creo que los irlandeses no pensaron que fuera una mala hora para la pinta. Me pedí una.  Nos salimos fuera y fijamos un nuevo rumbo: el río.  

Un paseo a orillas del Shannon no es moco de pavo cuando hace sol. Se trata del río más largo de Irlanda y vale, Athlone no es París, pero tampoco lo necesita. Me encanta caminar a la orillas de cualquier corriente de agua, incluso el Segura, ahora, me parece perfecto para eso. El agua fluyendo no huele tanto. Llegamos hasta un parque y nos sentamos, el río hacía mucho ruido porque había una cascada cerca, el sol nos pegaba directamente en la cara y unos patos nadaban delante de nosotras. Éramos una jodida postal.



Allí, como en todos los momentos idílicos, me dio por filosofar. Pensé que probablemente el que buscáramos una persona de apoyo para cuando las cosas se pusieran feas era un buen consejo. Nos dieron muchos de esos antes de enviarnos a nuestros destinos, pero por lo que sea, ese se me hincó bien profundo en los sesos hasta hacer daño, supongo que porque la soledad es uno de los monstruos que más me aterran. La técnica de la persona de apoyo no siempre me ha funcionado aquí, en parte porque mi obsesión por encontrarla lo hizo más difícil, así que tuve que encarar al monstruo varias veces. La sensación fue extraña, y dolorosa, pero si estoy escribiendo estas líneas es porque salió bien.

Aquella noche llovía, perdón, lloraba. Ese maldito monstruo había vuelto a aparecer en mi habitación. Le supliqué que por favor se fuera, que estaba cansada, que el día había ido demasiado bien como para acabarlo en su molesta compañía. Y de repente se marchó. Aún a veces se pasa por aquí y luego se va, creo que es cuestión de pedírselo, al fin y al cabo el monstruo es mío y es tan educado como yo.

1 comment:

  1. ¡Me encanta! Y me siento tan identificada que yoquésé. Seguro que puedes conttolar a ese monstruo una y mil veces. Disfruta de lo que te queda por allí, bonica. Nos vemos pronto por Murcia.

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