Aquella
mañana lloraba mucho, perdón, llovía. El resto del día me dio un respiro que duró hasta bien tarde. Fue
entonces cuando comenzó a llover muy fuerte, aunque ya no me
importó. Pensaba que era inestable, pero Irlanda me ha enseñado que
siempre hay alguien que nos supera en todo.
Entre
lluvia y lluvia, el día estuvo bien, al menos todo lo bien que puede estar un día
de despedida. Suvi, la joven finlandesa que ha trabajado conmigo los últimos
dos meses en Ballinasloe, se volvía a su país la semana siguiente. Es por eso
que decidimos hacer una excursión rápida a Athlone, el pueblo de al lado.
Me daba
mucha pena que Suvi se marchara y también que hubiera venido tan tarde. Si
hubiera aparecido antes se habría convertido en “mi persona de
referencia”, algo que la organización que me envió aquí me aconsejó que buscara
por aquello de tener un apoyo humano en las cosas más personales. Estuve tan
obsesionada con esa idea durante los primeros meses que decidí hacerme Tinder,
pues al contrario que los otros voluntarios europeos no vivía con más gente
como yo, ni joven, ni cerca de civilización, ni nada. Encontré a un chico con
el que estuve varios meses. El chico trabajaba en Athlone.
Como
podréis imaginar ya había estado allí decenas de veces, pero nunca como aquel
día. Lo primero que vimos fue el castillo. Por dentro es un museo sobre la
historia de Athlone, bastante currado, pero lo que más me gustó fue pasear por
las murallas, ir subiendo y ver el río desde arriba. Tampoco era especialmente
alto, pero me gusta tocar piedras tan antiguas.
Después de una pausa para hacer felices a nuestros estómagos, fuimos a la galería de arte que hay al lado del castillo. Suvi iba con poca
motivación porque sospechaba que iba a ser arte moderno y que no iba a entender
nada, yo también lo creía, pero me encontraba en modo turista y nos conduje
allí sin piedad ninguna. Había varias exposiciones, las de arriba eran sobre el
centenario de la revolución irlandesa, aquella en la que este país comenzó a
ser un país propiamente dicho, lejos del yugo de los ingleses. Aunque no
hubiera querido, me habría enterado del 1916-2016, pues es algo que esta gente
lleva demasiado dentro, un siglo no es nada, para lo bueno y para lo malo.
Los
cuadros, por cierto, eran una pasada. A Suvi y a mí nos habría encantado tener
largos bigotes para enredarlos entre nuestros dedos mientras soltábamos frases
del tipo: “Uhm… Eso que para usted son pequeñas manchas, son en realidad caras
de soldados que caminan hacia la paz y la victoria del pueblo irlandés” y cosas
así. Pero nos conformamos con observarlos con la boca medio abierta. Igual que
el Guernica, pero con un estilo completamente diferente, reflejaban una
atmósfera caótica, llena de la violencia de lo roto y del desorden, con pocos
colores, pero mil líneas. En fin, no sabemos de arte, pero aquel rato en el que
estuvimos delante de los cuadros, sentimos algo bastante especial.
Pese a
todo, somos gente sencilla y ante tanta catarsis no pudimos sino huir a un
centro comercial - qué le voy a hacer si nací en el capitalismo -, aunque acabamos
cansadas pronto de las sensaciones que los centros comerciales ofrecen. Así que
tras ello, nos escapamos a un pub para tomar un café irlandés, porque eran las
5 de la tarde y la pinta de Guinness aun no entraba.
Sean’s es “the
oldest pub in Ireland”, como también lo es un pub de Aughrim o The Brazen Head
en Dublín. Me resulta curioso lo que se promociona lo antiguo y lo que se
infravalora en otros ámbitos de la vida, los humanos somos muy contradictorios.
El caso es que Sean’s, pionero o no en lo antiguo, estaba lleno. Creo que los
irlandeses no pensaron que fuera una mala hora para la pinta. Me pedí una. Nos salimos fuera y fijamos un nuevo
rumbo: el río.
Un paseo a
orillas del Shannon no es moco de pavo cuando hace sol. Se trata del río más
largo de Irlanda y vale, Athlone no es París, pero tampoco lo necesita. Me encanta
caminar a la orillas de cualquier corriente de agua, incluso el Segura, ahora,
me parece perfecto para eso. El agua fluyendo no huele tanto. Llegamos hasta un
parque y nos sentamos, el río hacía mucho ruido porque había una cascada cerca,
el sol nos pegaba directamente en la cara y unos patos nadaban delante de
nosotras. Éramos una jodida postal.
Allí, como
en todos los momentos idílicos, me dio por filosofar. Pensé que probablemente
el que buscáramos una persona de apoyo para cuando las cosas se pusieran
feas era un buen consejo. Nos dieron muchos de esos antes de enviarnos a
nuestros destinos, pero por lo que sea, ese se me hincó bien profundo en los
sesos hasta hacer daño, supongo que porque la soledad es uno de los monstruos
que más me aterran. La técnica de la persona de apoyo no siempre me ha
funcionado aquí, en parte porque mi obsesión por encontrarla lo hizo más difícil,
así que tuve que encarar al monstruo varias veces. La sensación fue extraña, y dolorosa, pero si estoy escribiendo estas líneas es porque salió bien.
Aquella noche llovía, perdón, lloraba. Ese maldito monstruo había vuelto a aparecer en mi habitación. Le supliqué que por favor se fuera, que estaba cansada, que el día había ido demasiado bien como para acabarlo en su molesta compañía. Y de repente se marchó. Aún a veces se pasa por aquí y luego se va, creo que es cuestión
de pedírselo, al fin y al cabo el monstruo es mío y es tan educado como
yo.

¡Me encanta! Y me siento tan identificada que yoquésé. Seguro que puedes conttolar a ese monstruo una y mil veces. Disfruta de lo que te queda por allí, bonica. Nos vemos pronto por Murcia.
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